SANCTUS

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Consagración a
Los Santos Ángeles

"Te doy gracias, Señor, de todo corazón, en presencia de los ángeles, salmodio para Ti " (Sal 138,1).

 

La Consagración a los santos Ángeles: un motivo de gozo

 

A petición del excelentísimo Delegado de la Santa Sede, la Congregación para la Doctrina de la Fe aprobó para el Opus Sanctorum Angelorum una fórmula de consagración a los santos ángeles. La Congregación aclaró que el texto de la Consagración a los Ángeles "no se opone a la tradición teológica y espiritual" de la Iglesia.

 

Dicha consagración ha de ser entendida en el sentido de la "tradición patrística, tomista y católica" y en el espíritu del Concilio Vaticano Segundo, pues "sólo mediante una contextualización positiva, esta espiritualidad podrá encontrar un lugar propio en la diversidad de las devociones católicas". Por ello, en esta circular hablaremos del sentido y del objetivo de las consagraciones sagradas -particularmente de la Consagración a los Ángeles- dentro de la Iglesia.

 

El depósito de la fe: fundamento de la espiritualidad

 

¿Por qué en el decreto que la Congregación para la Fe expidió el 6 de junio de 1992 fueron prohibidas "las diversas formas de consagración a los ángeles"? La Congregación para la Doctrina de la Fe manifestó su preocupación porque el OA arraigara y creciera sana y correctamente en la Iglesia. Por esta razón, en el decreto se establecen lineamientos que corresponden a principios teológicos, de tal manera que el fundamento de cualquier espiritualidad dentro de la Iglesia católica sólo puede ser el Depósito de la Fe. Ciertamente, un carisma profético puede proporcionar un nuevo impulso espiritual o arrojar una nueva luz sobre verdades de fe que pudieran caer fácilmente en el olvido. Sin embargo, un carisma jamás podrá establecer un fundamento nuevo.

 

Así pues, las consagraciones a los santos ángeles no fueron condenadas como tales; sólo fueron prohibidas las consagraciones a los ángeles tal y como eran entendidas y practicadas en el Opus Angelorum. Antes de presentar, en la próxima circular, el texto ya aprobado de la consagración a los ángeles, expondremos a continuación cuáles son los fundamentos de una consagración a los ángeles dentro de la tradición de la Iglesia católica.

 

A. SENTIDO E HISTORIA DE LAS CONSAGRACIONES

 

En sentido general, una "consagración" significa la dedicación de personas u objetos al culto divino. Lo consagrado es sustraído del uso profano para ser puesto al servicio santo de Dios. Esta exclusión sagrada ocurre por una intervención directa de Dios o mediante un rito o una bendición.

 

Cualquier consagración en la historia de la salvación parte de Dios: es Él quien elige y escoge al hombre para Su servicio y para entrar en comunión con Él. Puesto que Dios busca establecer una alianza, un vínculo de amor, la consagración exige la libre respuesta de la creatura. Por eso la respuesta que da el hombre a Dios puede también denominarse "consagración". Este misterio de la consagración atraviesa toda la historia de la salvación, y fue consumado y llevado a la plenitud por Jesucristo.

 

1. Consagración y alianza en el Antiguo Testamento

 

 En el Antiguo Testamento, Dios eligió y 'santificó' para Sí a todo el pueblo de Israel, es decir, lo 'apartó' y lo 'puso en Su servicio sacerdotal' (CIC núm. 1539; Ex 19,6). Él estableció la alianza con el pueblo de Dios para alabanza de Su nombre.

 

De este pueblo sacerdotal Dios escogió a la tribu de Leví "para el servicio litúrgico" (CIC, núm. 1539; cf. Num 1,48 ss). Los sacerdotes fueron "puestos en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados" (Hb 5,1). La finalidad de la consagración, tanto del pueblo como del sacerdote, es la glorificación de Dios. Y ésta exige la santificación de las personas que son llamadas a la comunión con Dios.

 

2. La Nueva Alianza en Jesucristo

 

La consagración primordial y principal es aquella de la naturaleza humana de Cristo, el Verbo de Dios hecha carne, hacia la cual están ordenadas todas las demás consagraciones. Él, el Mesías, el Ungido ('Consagrado'), es el mediador entre Dios y los hombres, el verdadero Sumo Sacerdote, la Cabeza de la Iglesia. La consagración, elección y santificación del Pueblo de Dios de la Antigua Alianza, junto con su culto y su sacerdocio, constituyeron una prefiguración, una 'sombra' de la Nueva Alianza, establecida por Cristo en virtud de Su sacrificio, en virtud de Su autoconsagración: "Y por ellos me santifico (consagro) a Mí mismo, para que ellos también sean santificados (consagrados) en la verdad" (Jn 17,19). Sólo en y a través de Jesucristo la consagración efectuada por Dios recibe una efectiva confirmación en el Espíritu Santo (Ef 1,13).

 

3. Los Sacramentos de la Iglesia

 

Mediante el servicio de la Iglesia -sobre todo en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y el Orden sacerdotal-, Cristo efectúa la consagración de los hombres, al hacerlos partícipes de Su Sacerdocio y de Su propia Santidad. "Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a Su luz admirable" (1 P 2, 9).

 

Esta participación se imprime en el alma mediante el carácter sacramental, que constituye una señal de la indeleble y espiritual alianza de la consagración a Dios y el fundamento de la santidad en la Iglesia. A través de estos Sacramentos los fieles no sólo reciben la gracia santificante, sino también una participación en el Sacerdocio de Cristo. De esta manera, ya no son más del mundo (Jn 17, 14) y están consagrados al servicio de Dios por su unión a Cristo.

 

B. CONSAGRARSE: LA RESPUESTA DE LOS HOMBRES A DIOS

 

1. En los Sacramentos

 

Puesto que los mencionados Sacramentos constituyen una alianza entre Dios y el hombre, éste ha de aceptar libremente y en la fe estas consagraciones sacramentales y llevar, en virtud de su fuerza, una vida que agrade y glorifique a Dios. Como partícipe en el Sacerdocio de Cristo, el cristiano queda capacitado para el culto sobrenatural de Dios y para colaborar en la liturgia.

 

 Las virtudes teologales de la fe, la esperanza y el amor nos unen directamente con Dios, mientras que la adoración a Dios es la virtud por la cual el hombre se subordina completamente a Dios y le manifiesta la debida honra en el culto y la liturgia (Suma Teológica II-II. 81, 3, 2m). Santo Tomás, refiriéndose al amor, subraya esta diferencia cuando escribe: "Pertenece directamente al [la virtud del] amor que el hombre se entregue a Dios, adhiriéndose a Él por una unión del espíritu; pero la entrega del hombre a Dios con miras a las obras propias del culto divino pertenece directamente a la virtud de la religión y a través de ésta, a la virtud del amor, la cual constituye el fundamento de la religión" (Suma Teológica II-II.82, 2, 2m).

 

El culto a Dios tiene su culmen en la celebración litúrgica. "La renovación de la alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo. Por tanto, de la liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin" (Conc. Vat. II, Constitución sobre la sagrada liturgia, núm. 10).

 

 El acto primero y principal del culto a Dios es la devoción. Santo Tomás de Aquino explica: "La palabra 'devoción' proviene de 'devote' [el término latino 'devovere' significa 'prometer'), por eso se llama "devotos" a quienes de alguna u otra manera se dedican a Dios, y a quienes se entregan completamente a Él (Suma Teológica II-II, 82, 1c). De ahí que la palabra devoción pueda interpretarse acertadamente como 'ánimo para consagrarse'. 

 

2. En la vida consagrada

 

En general, "todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (Conc. Vat. II, Constitución sobre la Iglesia, núm. 40). Esto significa, ante todo, un deseo de perfección según las promesas hechas en el Bautismo y la Confirmación, y las obligaciones fundamentales que de ellas se desprenden, como cumplir los mandamientos de Dios y participar de la liturgia de la Iglesia.

 

Hay, sin embargo, otra manera más perfecta de vivir dichas promesas: "Ya desde los comienzos de la Iglesia hubo hombres y mujeres que, por la práctica de los consejos evangélicos, se propusieron seguir a Cristo con más libertad e imitarlo más de cerca, y, cada uno a su manera, llevaron una vida consagrada a Dios" (Conc. Vat. II, Decreto sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, núm. 1). Quien quiera ser perfecto, puede entregarse a Dios de una nueva manera, a saber: renunciando a los bienes terrenales, a la unión matrimonial y a la libre autodeterminación del propio destino para seguir aún más estrechamente a Cristo y pertenecerle por entero a Él. La Iglesia acepta, en el nombre del Señor, los votos y promesas de la vida religiosa (Decreto sobre la adecuada renovación de la vida religiosa núm. 5). Como medios para el servicio y la glorificación de Dios, los votos constituyen obras de adoración a Dios y de devoción (entrega).

 

De aquí se desprende un doble significado de la palabra 'devoción' según sea la respuesta que dé el hombre a Dios: por una parte, al recibir los Sacramentos y por otra, al comprometerse con los consejos evangélicos mediante la profesión religiosa. En ambos casos la persona es apartada, de una manera particular, del mundo y capacitada para llevar una vida agradable a Dios.

 

Puesto que la alianza entre Dios y el hombre se establece mediante la aceptación y el consentimiento mutuos, la mencionada palabra "consagración" apunta, en su significado, tanto a la causalidad de Dios como también a la respuesta del hombre.

 

3. En los actos de devoción

 

Además de las consagraciones sacramentales y de la vida consagrada de los religiosos y religiosas, ha habido en la vida de la Iglesia otros actos de 'devoción', de entrega. Con ellos, los fieles se encomiendan a la particular protección del Señor o se comprometen a adorar a Dios y hacer buenas obras, esperando con ello frutos y gracias especiales. En este sentido se habla también de 'consagraciones de protección' y 'consagraciones para el servicio'.

 

Aunque por su rango y su esencia estas consagraciones están subordinadas a la profesión religiosa, pertenecen a la misma virtud de la 'devoción' (CIC núm. 2102). También se denominan 'consagraciones', porque constituyen una devoción temporal, aprobada por la Iglesia. La consagración al Sagrado Corazón de Jesús es el clásico ejemplo de ello.

 

"Mas, entre todo cuanto propiamente atañe al culto del Sacratísimo Corazón, descuella la piadosa y memorable consagración con que nos ofrecemos al Corazón divino de Jesús, con todas nuestras cosas...". "Así pues, la consagración profesa y afirma la unión con Cristo" (Pio IX, Encíclica Miserentissimus Redemptor, núms. 4 y 8).

 

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús es "un precioso acto de culto a Dios, pues reclama de nosotros una voluntad totalmente incondicional de ofrecerse y consagrarse al amor del divino Redentor" (Pío XII, Encíclica Haurietis Aquas). La veneración del Corazón de Jesús consiste en "una entrega a Dios, que ayuda poderosamente a alcanzar la perfección cristiana" (Pío XII, Encíclica Haurietis Aquas).

 

C. CONSAGRACIÓN A MARÍA Y A LOS SANTOS ÁNGELES

 

El fin de la devoción es siempre la glorificación de Dios. Surge, sin embargo, la cuestión de si también las creaturas santas pueden ser veneradas. De hecho, la Madre de Dios, los ángeles y los santos son venerados en la liturgia. Santo Tomás de Aquino lo explica así: "La devoción a los santos de Dios, vivos o muertos, no se detiene en ellos, sino que continúa hacia Dios, pues honramos a Dios en Sus siervos". (Suma Teológica II-II, 82, 2, 3m).

 

En el curso de la historia, diversas devociones condujeron de hecho a 'consagraciones', que no sólo se dirigían exclusivamente a Dios, sino también a creaturas, como María, los ángeles y los santos. Dichas consagraciones constituyen el pleno despliegue de la respectiva 'devoción' o 'veneración'. Pero el fin último de tales consagraciones es siempre la glorificación de Dios. Una consagración a una santa creatura constituye una cierta comunidad en el amor, mediante la cual los fieles esperan amar aún más a Dios y poder servirle aún mejor. Esto atañe en primer lugar a la creatura más santa, la Madre de Dios.

 

1. La consagración a la Virgen María

 

 Las raíces históricas de la consagración a María se encuentran en la primitiva historia del cristianismo. Ya una de las oraciones marianas más antiguas, el Bajo tu amparo nos acogemos, constituye un acto de entrega a la Madre de Dios, a cuya protección nos encomendamos.

 

Según San Luis María Grignon de Montfort (+ 1716), la consagración a María consiste en "darse todo entero a la Santísima Virgen para, a través de ella, pertenecer totalmente a Jesucristo" (Tratado de la perfecta devoción a María, núm. 121). La entrega de sí mismo a María exige una perfecta renovación de las promesas bautismales; María, por su parte, corresponde maternalmente a dicha entrega dándonos su amor. San Luis María Grignón de Montfort, por tanto, funda la consagración a María en las promesas bautismales -que él reconoce como una 'alianza'-, y en la mediación maternal de María hacia Cristo. El 'más' en la exigencia consiste en "hacer todas las acciones por María, con María, en María y para María, a fin de hacerlas más perfectamente por Jesús, con Jesús, en Jesús y para Jesús" (Tratado de la perfecta devoción a María, núm. 257).

 

En una alocución dirigida a los miembros de la Congregación Mariana, Pio XII decía: "La consagración a la Madre de Dios es una entrega interna de sí mismo para toda la vida y para la eternidad; no es una entrega puramente formal o sentimental, sino efectiva, que se realiza en la intensidad de la vida cristiana y mariana, en la vida apostólica, con lo cual el Congregado se vuelve ministro de María y , por así decir, su mano visible en la tierra, con el impulso espontáneo de una vida interior sobreabundante, que se derrama en todas las obras exteriores de la sólida devoción, del culto, de la caridad, del celo" (Alocución del 21 de enero de 1945).

 

El papa Pablo VI convocó a todos los hijos e hijas de la Iglesia "... a consagrarse personalmente y con renovada sinceridad al Inmaculado Corazón de la Madre de la Iglesia. Y este signo de total amor filial, que consiste en imitar el ejemplo de la Madre, debe traducirse en una vida operante. Cada uno debe orientar su vida según la voluntad de Dios, a ejemplo de la vida de la Reina del cielo, y así servirla de manera auténticamente filial" (Pablo VI, Signum Magnum).

 

Cuando en el año 1984 el papa Juan Pablo II llevó a cabo la consagración a la Virgen María en unión con los obispos, relacionó la consagración a Cristo por María con la consagración que hizo Jesús de sí mismo al Padre para alcanzarnos la salvación: "Ante ti, oh Madre de Cristo, ante tu Inmaculado corazón, queremos unirnos, junto con toda la Iglesia, a aquella consagración con la cual tu Hijo se consagró a sí mismo al Padre por amor a nosotros, cuando dijo: 'Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad" (Jn 17, 19).

 

Con esta oración consecratoria se trata -con la ayuda de María- de una profunda participación en la consagración de Jesús, del divino Redentor, a Su Padre (Jn 17,19), para la salvación del mundo. La consagración a María, por tanto, tiene como fin propio a Cristo. A través de ella, el hombre no sólo se convierte en receptor de las gracias redentoras de Cristo, aún más: participa activamente con María en la obra redentora de Cristo.

 

2. Consagraciones a los santos ángeles

 

El sentido de una consagración a los santos ángeles

 

La posibilidad de una consagración a los santos ángeles se desprende también de la naturaleza de la virtud de la devoción. "La Iglesia venera a los ángeles" (CIC 352) y recomienda esta veneración para gloria de Dios: "En verdad es justo y necesario, darte gracias a Ti, Padre todopoderoso y alabar Tu poder y Tu grandeza en la gloria de los ángeles. Honrándolos, Te glorificamos y Te alabamos" (Prefacio de la fiesta de los santos ángeles).

 

San Bernardo de Claraval nos enseña cuál es el amor que debemos mostrar a los santos ángeles: "Él dará orden a Sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos" (Salmo 91,11). ¡Cuánto temor ha de infundirte estas palabras, cuánta devoción ha de suscitar en ti, y cuánta confianza habrá de darte. Temor por su presencia, devoción por su benevolencia, confianza por su protección... Por tanto, confiémonos y demos gracias a estos grandes protectores; respondamos a su amor y honrémosles cuanto podamos y como es obligación nuestra. Todo nuestro amor y nuestra veneración, sin embargo, pertenecen a Aquel de Quien todo lo reciben y lo recibimos, también la capacidad de amar y rendir veneración , y poder recibir honra y amor" (Sermón 12 sobre el salmo 90). Semejante devoción, veneración, entrega, agradecimiento y decisión expresan la esencia de una consagración a los ángeles, la cual tiene como meta al Señor.

 

Sobre la historia de la consagración a los ángeles

 

En el Antiguo Testamento Dios mismo puso al pueblo escogido bajo el amparo de los santos ángeles (Ex 23,20ss; Dn10, 13.21b; 12,1). San Miguel, como príncipe de los ejércitos celestiales, fue entendido como particular defensor del Pueblo elegido (Dan 10,21; Ap 12,7ss).

 

En la Iglesia, la veneración a San Miguel Arcángel se remonta al primer siglo. También desde los primeros siglos los santos angeles fueron venerados. Muy pronto se consagraron iglesias a su nombre y se puso al Pueblo de Dios bajo su amparo y patronazgo.

 

Con el florecimiento de las consagraciones a los corazones de Jesús y de María luego del Concilio de Trento (1545-1563), se efectuaron también, en muchos lugares, consagraciones a los santos ángeles. Durante el siglo XIX esta consagración se convirtió en una devoción muy extendida y reconocida. Muchas cofradías y congregaciones vinculaban el ingreso de sus miembros a estas consagraciones. La Iglesia, por su parte, fomentó dichas cofradías y reconoció sus consagraciones.

 

La consagración a los santos ángeles pone de manifiesto la unidad de la Iglesia peregrina y de la Iglesia triunfante. San Agustín escribe al respecto: "Ambas partes se unirán también un día en el gozo común de la eternidad; de hecho, ya están unidas por el vínculo del amor, una unidad que no tiene otra finalidad que la adoración a Dios" (Enchiridion, cap. XV). Y en el Catecismo leemos: "Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios" (CIC, 336).

 

Su relación con el Bautismo y la profesión religiosa

 

Así como la consagración a la Virgen María, también la consagración a los santos ángeles constituye una alianza que está fundada en la consagración a Cristo en el sacramento del Bautismo. Con el Bautismo renunciamos a los ángeles caídos y decimos "sí" a Cristo. Este "sí" a Cristo y la unión con Él no sólo implican la unión con los otros miembros humanos de la Iglesia, sino también la comunión con los santos ángeles (Hb 12,22ss), pues Cristo no es sólo la cabeza de los hombres, sino también de los ángeles (Suma Teológica III, 8, 4 sc; Col 2,10).

 

Muchos Padres de la Iglesia señalaron esta relación del Bautismo con el mundo de los ángeles. San Cirilo de Jerusalén escribió: "Hermanos, cada uno de vosotros [bautizados] será presentado ante Dios en la presencia de miríadas de ángeles. El Espíritu Santo sellará vuestras almas, y entraréis al servicio del ejército del gran Rey" (Catech., III, 3).

 

El papa León Magno, describe el credo cristiano y la gracia de la Redención obrada por Cristo como un estandarte que nos hace combatientes en el ejército celestial: "Tú, pues, que naciste de la carne perecedera, renaces del Espíritu de Dios y recibes, por la gracia , lo que tu naturaleza no tenía: puedes, entonces, llamar Padre a Dios... ¡Apoyado en el auxilio de arriba, obra según la voluntad de Dios! ¡Toma, mientras estés en la tierra, a los ángeles como ejemplo! Apóyate en la fuerza de su condición inmortal y combate lleno de confianza contra las tentaciones malignas para protección de una vida agradable a Dios. Y si como combatiente en el ejército celestial conservaste tu estandarte, entonces no necesitas dudar de que te será concedida la corona por tu victoria en el campo victorioso del Rey eterno" (Sermón XXII, 2).

 

Particularmente en la tradición del Oriente cristiano esta comunión con los santos ángeles se realiza de una manera más intensa con la profesión religiosa: "El Oriente cristiano destaca esta dimensión, al considerar a los monjes como ángeles de Dios que anuncian la renovación del mundo en Cristo" (Juan Pablo II, Sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo, núm. 27).

 

El deseo de una vida en comunión con los santos ángeles no sólo se manifiesta dentro de la vida consagrada. "Son innumerables las páginas de la literatura cristiana que podrían aducirse como testimonios fidedignos y maravillosos de ese anhelo por la ciudad de los ángeles, por aquella 'grande, amplia y celestial ciudad', cuyos ciudadanos 'se alegran por la visión de Dios', pues es Dios mismo el espectáculo siempre nuevo que contemplan los bienaventurados" (García Colombás, Paraíso y Vida Angélica, Montserrat, 1958, pág. 88; San Agustín, Comentario al salmo 147,4).

 

Sobre el sentido de una consagración a los santos ángeles

 

La consagración a los santos ángeles es una alianza. La comunión con los santos ángeles, realizada implícitamente en el Bautismo, es afirmada de manera consciente y expresa mediante la consagración.

 

El hombre se confía, con amor fraterno, a los santos ángeles como consiervos delante de Dios y hermanos santísimos unidos irrevocablemente a Dios (Ap 19,10; 22,9). De esta manera el hombre se abre voluntariamente a su acción y su ayuda. Al mismo tiempo se compromete a escuchar y obedecer sus exhortaciones (Ex 23,21), cuya finalidad es siempre la gloria de Dios y el cumplimiento de Su voluntad. El hombre anhela colaborar íntimamente con ellos para extender y defender el Reino de Dios sobre la tierra y aspira a una vida lo más perfecta posible como miembro vivo de la santa Iglesia.

 

Una consagración a los santos ángeles hace que el hombre tome en serio su misión salvadora como siervos de Cristo (CIC 331). Significa una libre unión con los santos ángeles para que, con su ayuda e imitando sus virtudes, aspire a la perfección cristiana según el propio estado y colabore con ellos en la misión apostólica de la Iglesia para la salvación de las almas.

 

Con la consagración a María el hombre efectúa todas las obras por, con y en María, a fin de realizarlas más perfectamente con y en Cristo. Lo mismo puede decirse de la consagración a los ángeles: el hombre aspira a hacer todo como los santos ángeles, a fin de unirse más perfectamente con Cristo y ser configurado en Él.

Relación entre consagración y pacto

 

La consagración a los santos ángeles como pacto corresponde a la teología bíblica de la alianza. Es un pacto sagrado, una promesa solemne, mediante los cuales convienen y se confirman nuestras mutuas relaciones y compromisos.

 

En las Sagradas Escrituras la alianza se estableció primordialmente entre Dios y el Pueblo. Josué comunicó la renovación de esta alianza. Dios prometió bendición y salvación, y el pueblo asintió: "'Queremos servir al Señor.' Dijo entonces Josué al pueblo: 'Testigos sois contra vosotros mismos de que habéis escogido al Señor para servirle.' Respondieron: 'Testigos somos'". (Jos 24, 21-22.24-25). También hubo alianzas entre el pueblo y el rey: el pueblo estableció ante Yahvé un pacto con David y le ungió como rey (cf 1 Cr 11, 1-3). Hubo, además, pactos entre individuos. "He hizo Jonatán pacto con David, porque le amaba como su propia alma" (1 Sam 18,3). Más tarde David se refirió a este pacto y lo relacionó definitivamente con Dios: "Haz este favor a tu siervo; ya que tú [Jonatán] has concluido con tu siervo un pacto de Yahvé" (1 Sam 20,8).

 

Se alude también a un pacto con el ángel en el convenio establecido entre Tobías y Rafael, quien acompañó voluntariamente al hijo de Tobías en su exitoso viaje (Tob 5,6.15-17). Tobías alude también indirectamente al resultado de este pacto, luego de volver del viaje, cuando dice a su padre: "Oh, padre, ¿qué salario le daremos? ¿O qué cosa podría considerarse como equivalente de sus beneficios?" (Tob 12,2).

 

La relación mutua que surgió del pacto no se restringió al mero cumplimiento de ciertos compromisos, sino que también implicó amistad, amor y fidelidad.

En este pacto con los ángeles aspiramos a establecer una estrecha comunión con ellos en el amor a Dios; y en comunión con ellos esperamos poder comprometernos con mayor eficacia por la gloria de Dios y la venida de Su reino. Pues "Dios quiso la diversidad de sus criaturas y la bondad peculiar de cada una, su interdependencia y su orden"(Catecismo de la Iglesia Católica, 353).

 

Comunión entre el ángel y el hombre

 

Nos esforzamos por realizar este santo vínculo con los ángeles a través de cuatro aspectos: en la adoración, en la contemplación, en la expiación y en el apostolado. Estos constituyen, al mismo tiempo, las cuatro orientaciones fundamentales de la vida espiritual en la Obra de los Santos Angeles. 

1) Asistencia en la adoración a Dios

 

Primero que todo esperamos la asistencia de los santos ángeles a fin de llevar, como verdaderos adoradores del Padre, una vida respetuosa en la presencia de Dios (cf Jn 4,23-24). Esperamos particularmente su asistencia en la celebración de la liturgia y en la adoración del Santísimo Sacramento.

Y aspiramos efectuar estas prácticas conscientes de nuestra comunión con ellos.

El papa Juan Pablo II explica: "Lo dice Jesús mismo: 'Sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre, que está en los cielos' (Mt 18,10). Ese 'ver de continuo la faz del Padre' es la manifestación más alta de la adoración de Dios. Se puede decir que constituye esa 'liturgia celeste' , realizada en nombre de todo el universo, a la cual se asocia incesantemente la liturgia terrena de la Iglesia, especialmente en sus momentos culminantes. Baste recordar aquí el acto con el que la Iglesia, cada día y cada hora, en el mundo entero, antes de dar comienzo a la plegaria eucarística en el corazón de la Santa Misa, apela 'a los Angeles y a los Arcangeles' para cantar la gloria de Dios tres veces santo, uniéndose así a aquellos primeros adoradores de Dios, en el culto y en el amoroso conocimiento del misterio inefable de su santidad" (Audiencia general del 6 de agosto de 1986).

 

En el libro del Apocalipsis aparece representada la plenitud de esta comunión de oración, cuando los veinticuatro ancianos que se encuentran en la presencia del Cordero, ofrecen, junto con los ángeles, el sacrificio de alabanza, compuesto por las oraciones de la Iglesia (cf Ap 5,8-9). Por el Cordero, la liturgia celeste y la liturgia terrena se unen realmente en una sola liturgia. El cielo y la tierra se unen en el sacrificio de alabanza de Cristo, que está sentado a la derecha del Padre en el cielo. Esta adoración del Cordero se realiza también en la adoración eucarística en la tierra, y en comunión, así mismo, con los santos ángeles.

 

Antes de la Encarnación los ángeles en el cielo bendecían y alababan a Dios. Y aunque ellos estaban plenos de amor puro y ardiente a Dios, su alabanza, sin embargo, propia de una creatura, no alcanzaba para bendecir apropiadamente al Dios infinito y excelso. Sólo cuando la Palabra del Padre descendió y se hizo carne y cuando nuestro Sumo Sacerdote elevó Su voz para alabanza del Padre, fue que subió por primera vez al cielo el canto de alabanza digno de Dios. También los ángeles bajaron, para, con el Gloria in excelsis Deo, con la alabanza a Cristo, volver a subir a los cielos. Este fue el comienzo de la común e imperecedera alabanza del ángel y el hombre en Cristo. 

2) Asistencia en la contemplación de la palabra de Dios

 

Los santos ángeles son instrumentos y testimonios de las palabras y hechos salvíficos de Dios en la historia de la salvación. Ellos estuvieron presentes, además, en el Nacimiento de Cristo, en Su Crucifixión, Resurrección y Ascensión al cielo. Ellos, que conocen de una manera más perfecta que nosotros estos misterios, nos trasmiten la luz de esos misterios según la medida de nuestra disponibilidad y apertura.

 

¿Pero cómo se realiza en nosotros esa mediación de las gracias? San Juan de la Cruz describe de la siguiente manera este ministerio de los ángeles: "La [...] Sabiduría de Dios ... [se deriva] desde Dios por las jerarquías primeras hasta las postreras, y de ahí a los hombres. Que, por eso, todas las obras que hacen los ángeles e inspiraciones, se dicen con verdad en la Escritura y propiedad hacerlas Dios y hacerlas ellos; porque de ordinario las deriva por ellos, y ellos también de unos en otros sin alguna dilación, así como el rayo del sol comunicado de muchas vidrieras ordenadas entre sí; que, aunque es verdad que de suyo el rayo pasa por todas, todavía cada una le envía e infunde en la otra más modificado, conforme al modo de aquella vidriera, algo más abreviada y remisamente, según ella está más o menos cerca del sol"(Noche oscura II, 12,3). De ahí que la mediación de las gracias por parte de los ángeles y los santos tenga siempre un sello personal. Así, por ejemplo, la ayuda del arcángel San Miguel tiene un sello diferente a la del arcángel San Gabriel.

 

Los ángeles contribuyen también de manera fundamental al progreso y la alegría en la vida espiritual. Así, mediante la luz de la contemplación que ellos nos transmiten participamos de la alegría espiritual; por el contrario, si descuidamos la contemplación, sobrevendrán sequedad, desconsuelo y letargia. Santo Tomás nos da una explicación al respecto: "En el salmo 38 se dice: 'El corazón ardía en mi pecho; cuando meditaba, el fuego se encendía'. El fuego espiritual provoca devoción. Por tanto, la contemplación es la causa de la devoción" (Summa Theol. II-II.82,3, sc). En otro pasaje nos señala que la misión de todas las jerarquías angélicas consiste en hacernos semejantes a Dios, purificándonos, iluminándonos y conduciéndonos a la unión con Dios (cf De Div. Nom. IV, 1 § 286). Así pues, ellos ayudan a los hombres a configurarse con Cristo. Cuanto más pidamos y colaboremos al respecto, tanto mayor será la eficacia de su ayuda.

 

Los ángeles se alegran por Cristo, cuando pueden ayudar a una alma en el camino de la perfección. Constituye también una alegría para cada uno de ellos, pues como escribe Santo Tomás: " Los ministerios de los ángeles son útiles para los ángeles bienaventurados, en cuanto que de alguna manera son parte de su propia bienaventuranza; pues derramar sobre otros la perfección que se tiene, es algo que pertenece al ser de quien es perfecto como tal. Con todo, la alegría que sienten los ángeles por la salvación de aquellos que serán salvados mediante su ministerio, es susceptible de aumentar; Lc 15,10: 'Los ángeles de Dios se alegran por un solo pecador que se arrepienta'" (Summa Theol. 62,9,2m, y 3m). 

3) Asistencia en el seguimiento del Crucificado

 

Si por razón de su condición espiritual y su dicha celestial los ángeles nos superan respecto a las dos primeras orientaciones fundamentales de la adoración y la contemplación, no así en el seguimiento del Crucificado, donde les llevamos ventaja. Pues el Hijo de Dios asumió nuestra naturaleza, y sólo el hombre puede tomar parte en Su pasión redentora. Por eso Santa Teresita del Niño Jesús dice que si los ángeles pudiesen envidiarnos algo, sería nuestra capacidad de sufrir por y con Jesús (véase Cartas, No. 38; Poemas, No. 10).

 

Pero así como los ángeles sirvieron al Señor después de la tentación en el desierto (cf Mc 1,14), y un ángel, por mandato del Padre, le alcanzó el cáliz de la fortaleza durante la agonía en el Huerto de los Olivos (cf Lc 22,43), así también nosotros podemos estar confiados de que en el momento de la prueba y de cargar la cruz el Padre nos enviará a los ángeles para que nos asistan y ayuden.

 

Ciertamente, María y los santos ángeles interceden por nosotros ante Dios, incluso sin nuestras peticiones, pues ellos han recibido de Dios esa misión; sin embargo, es importante que nosotros mismos imploremos la ayuda de los ángeles, no en últimas para ser receptivos a su ayuda. San Alfonso María de Ligorio enseña que la gracia de pedir es la primera gracia que nos es concedida antes que cualquier otra. Pedir hace también humilde al hombre. De la humildad con que pidamos, dependerá la eficacia de la gracia y la abundancia con la cual sea derramada, pues a quien tiene, le será dado aun en mayor abundancia: "He aquí un miserable que clamó, y el Señor lo oyó, lo salvó de todas sus angustias. El ángel del Señor monta guardia en torno a los que temen y honran a Dios, y los salva" (Sl 33,7-8).

En esta tercera orientación fundamental de la expiación, aprendemos, de la mano de los santos ángeles, la ciencia de la Cruz, a saber: que el amor sufriente es la mayor y más noble fuerza y la única capaz de llevar la cosecha para Dios y de alcanzar la victoria para Dios. Una particular intención de los santos ángeles es que nos comprometamos a orar y ofrecer sacrificios por los sacerdotes, pues los sacerdotes, por el poder de su sacerdocio sacramental, comunican a las almas más y mayores gracias que los ángeles.

 

4) Asistencia en la misión y en las tareas en la Iglesia

 

Todo miembro del cuerpo de Cristo tiene una misión, es decir, una tarea que cumplir para bien de la Iglesia. Se trata, sobretodo, de anunciar y extender el Reino de Dios. Lo que San Lorenzo de Brindisi, doctor de la Iglesia, decía sobre la tarea de los predicadores, puede también aplicarse a la misión de los fieles laicos: "La predicación es, pues, una misión apostólica, una misión para los ángeles y los cristianos, una santa misión. ...Pues de ella [de la palabra de Dios] proceden la fe, la esperanza y el amor" (Lectura de la Liturgia de las horas del 21 de julio).

 

El hombre debe confesar la fe con palabras y obras, y el ángel, entonces, hará efectiva su luz y su ayuda. "La fe", subraya San Pablo, "viene del oír, y el oír por la palabra de Cristo" (Rom 10,17), lo cual no sucede sin la luz del Espíritu (cf 1 Cor 12,3). El hombre tiene la misión de anunciar la palabra de Dios. Pero el anuncio queda estéril sin la gracia de la iluminación. A este respecto, Santo Tomás enseña que la comunicación de las verdades de la fe acontece primordialmente a través de los ángeles, "mediante los cuales les son revelados a los hombres los misterios divinos. Por eso los ángeles contribuyen a que la fe sea iluminada" (Summa Theol. I.111,1,1m).  San Francisco de Sales compartía esta verdad, al invocar, antes de cada homilía, el auxilio de los ángeles de quienes lo iban a escuchar. Se sabe que ayudó a más de setenta mil personas a volver a la fe católica.

 

La misión de extender el reino de Dios es una tarea conjunta de los ángeles y los hombres, en la cual el hombre es el siervo visible de Cristo. El cristiano confiesa la fe con su vida y su palabra. El hombre puede también corresponder a esta misión, cumpliendo fiel y humildemente pequeñas tareas a ejemplo de María y de la mano de los santos ángeles, pues no son las muchas palabras las que convencen, sino el ejemplo vivido. Lo decisivo no es lo que hacemos , sino cómo lo hacemos, pues es el amor divino el que transformará y salvará al mundo. Sólo allí donde reine la humildad, podrá nuestro consiervo, el santo ángel, derramar sobre nosotros y nuestro prójimo su luz auxiliadora para gloria de Dios y testimonio de la verdad. Según esto, es posible entender en un sentido amplio las palabras: "Así brille vuestra luz ante los hombres, de modo tal que, viendo vuestras obras buenas, glorifiquen a vuestro Padre del cielo" (Mt 5,16).

 

Si consideramos que la gracia de Dios llega a su plenitud en la debilidad, sabremos gloriarnos, como el apóstol San Pablo, de nuestra debilidad, sabiendo que este camino conduce a la salvación (cf 2 Cor 12,9). Conscientes de esta debilidad nos inclinaremos, más bien, a invocar la ayuda de los santos ángeles, ayuda con la cual nuestro trabajo y nuestra misión se convertirán en una piedra para la construcción del Reino de Dios. 

 

Por qué los ángeles quieren hacer este pacto

 

Los ángeles no sólo fueron creados por razón de ellos mismos, sino también por razón de los hombres (cf Col 1,16). Al inicio de la creación los santos ángeles admitieron con toda humildad esta sabiduría de Dios. Por ello se asemejaron también al Hijo de Dios, que vino a servir y a dar Su vida en rescate por muchos (cf Mt 20,28), y ellos "lo asisten en el cumplimiento de Su misión salvadora en favor de los hombres" (Juan Pablo II, Audiencia general del 30 de julio de 1986). Sin embargo, la razón fundamental por la cual los ángeles quieren gustosamente hacer un pacto con nosotros, radica en el designio de Dios de reconciliar consigo todas las cosas en Cristo (cf Ef 1,10 y Col 1,20).

 

Para los ángeles, por tanto, es un motivo de alegría establecer un pacto con nosotros. ¡Cuál no será nuestra ganancia, si podemos participar de su amor y su alabanza a Dios!

 

Unión particular con el ángel de la guarda

 

El ángel de la guarda es un regalo particular del amor de Dios. Si pudiésemos escoger entre todos los santos ángeles un auxiliador y asistente particular, no hallaríamos otro mejor que el que Dios, en Su infinita sabiduría y amor, escogió ya desde antes para nosotros. Sólo Dios conoce el misterio de nuestra vida. Él solo, nuestro Creador y Redentor, conoce todas nuestras fortalezas y debilidades, nuestra vocación y nuestras pruebas, nuestra cruz y la gloria que nos será destinada. Es previendo todo esto, que Él, desde toda la eternidad, escogió a nuestro ángel de la guarda: a él para nosotros y a nosotros para él. El Señor nos dice: "He aquí que Yo envío un ángel delante de ti, para guardarte en el camino y para conducirte al lugar que te tengo dispuesto" (Ex 23,20; Lectura de la fiesta del Ángel de la Guarda).

 

El ángel de la guarda, por tanto, es para nosotros la puerta hacia el mundo de los ángeles y en cierta medida un portero del cielo. Dispuesto por Dios para nosotros, puede aplicarse en primer lugar a él las palabras del Catecismo: "Los ángeles cooperan en toda obra buena que hacemos" (Catecismo de la Iglesia Católica, 350; cf Summa Theol. I.114,3,3m). El es nuestro mejor y más fiel amigo, el único que, junto con Jesús y María, nos acompaña y ampara ininterrumpidamente durante toda nuestra vida. Su primera preocupación y su primera intercesión corresponde siempre a su protegido. El protegido es el 'talento' que le ha sido confiado, y que quisiera devolver a Dios, al final de nuestras vidas, multiplicado por cien. De ahí que esté dedicado día y noche e incansablemente a nuestro bien y a nuestra salvación eterna. Sin desanimarse se esfuerza por nuestra purificación, iluminación y perfección. Acerca de estas tres actividades jerárquicas de los ángeles San Buenaventura escribe: "La purificación conduce a la paz, la iluminación a la verdad y la perfección al amor. Una vez que el alma haya alcanzado con perfección estas tres, alcanzará la dicha; pero mientras ande en este camino, logrará aumentar sus méritos" (Sobre la triple senda, Prólogo 1).

 

El ángel de la guarda es la ayuda correcta contra los espíritus malignos que nos tientan y hostigan, pues ya al comienzo nuestro ángel de la guarda participó, bajo la guía del Arcángel San Miguel, en la victoria contra los espíritus malignos. Por su condición de ser espiritual puede reconocer fácilmente al tentador y expulsarlo con la fuerza de la gracia. Y si Dios permite que el enemigo nos cribe como a Job (Job 1,12; 2,6), como a Pedro (Lc 22,31) o como a Pablo (2 Cor 12,7-8), no por ello quedaremos privados de la asistencia fortalecedora del ángel de la guarda. Con su ayuda seremos capaces de guardar siempre la fidelidad a Dios.

¡Son muchas las cosas por las cuales debemos dar gracias al ángel de la guarda! ¿Quién está en capacidad de pagarle el salario que se merece? Un amor tan fiel sólo puede ser correspondido con fidelidad, amor y confianza. Por ello entreguémonos con gusto a él y prometámosle nuestro amor y fidelidad. Si somos débiles, él, que mira "de continuo la faz del Padre en el cielo" (Mt 18,10), se encuentra anclado de manera firme e inconmovible en Dios. El quiere comunicarnos esta firmeza, ayudándonos, por medio de la luz de la gracia que le ha sido concedida, a creer más firmemente en Dios, a confiar aún más en Su ayuda y a amar con un desprendimiento aún mayor a Dios y al prójimo.

 

Estaremos, en íntima amistad, eternamente unidos a nuestro ángel de la guarda y reinaremos con él en el Reino de Dios. Podemos comprender, entonces, las palabras de Santo Tomás de Aquino: "A todo hombre, por tanto, mientras se encuentra peregrinando, se le asigna un ángel de la guarda; pero cuando llegue al final del camino ya no tendrá un ángel de la guarda, sino que en el Reino tendrá a su lado al ángel que reinará con él" (Summa Theol. I. 113, 4c).

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